
Cuando a algo le confieres un significado, pasa a formar parte de ti mismo. Mientras lo mantienes próximo, es una prueba de que aquellos momentos a los que lo has asociado, han existido. Porque está en la fotografía del recuerdo, es un elemento esencial, y mientras perdura, te lo está proyectando a tu mismísimo presente, pues lo puedes tocar. Pero siempre hay un precio por el apego, como la cuenta que tienes que pagar al final de una apetitosa comida. Y ese precio es, en el caso que nos ocupa, la melancolía del hueco desalojado.
El Restaurante Son Moragues cierra, después de haber acogido muchas comidas de celebración y muchas cenas intimas entre dos. Al visitarlo, quizá por última vez, me parece escuchar ecos de risas, de conversaciones, de susurros de confidencias, de brindis o de los “¡Que se besen!” a los recién casados. Ha servido sus exquisiteces a turistas y trabajadores. Por su cocina han entrado a saludar Michael Douglas, Jack Nicholson, Bill y Hillary Clinton,… y también Joan, Toni, Tomeu, Carmen,… Todos han gozado de la cordialidad y el buen humor del chef y copropietario, Pep Cilimingras, un mallorquín de ascendentes griegos, cien por cien mediterráneo.

El predio sobre el que ha estado situado, a la salida de Valldemossa, en la mágica Sierra de Tramuntana, tiene una dilatada historia, si bien, en la modernidad, deberíamos iniciarla con Su Alteza Real el Archiduque Luis Salvador de Austria. En el día en que, desde su mítico yate Nixe, arribó a la costa noroeste de Mallorca y convino en que aquel lugar era digno de un príncipe. Entre otras, adquirió esta finca a la familia Moragues (herederos de uno de los nobles que acompañaron a Jaime I en la Reconquista).Tras muchos años dinamizando la vida social y cultural en Mallorca, un día, el Archiduque se marchó. Y donó las posesiones a su secretario, Antonio Vives, cuyos familiares las han ostentado hasta estos días.
Si el Restaurante era conocido, sus cuarteradas de olivos eran como un pequeño secreto, que Cilimingras no ha tenido reparos en compartir con quien supiera apreciarlo. Olivos con troncos formando rostros, orientándose hacia la fuente de piedra, hacia los bancales que escalan la montaña o a las vistas de un mar que se confunde con el cielo

Ahora, los Cilimingras se marchan, como antes el Archiduque, y aún antes los Moragues. El Restaurante emigra a los neblinosos terrenos de la memoria. Pero la vida sigue… Y los recuerdos perduran.
Gracias a Pep, y a todos aquellos que sirvieron.
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