Vaya por delante que es un auténtico culebrón, pleno de intrigas palaciegas, enredos a desovillar y caldo de especulaciones. La técnica es cercana a la conocida como best-seller, pero como Alex de la Iglesia ha apuntado muy acertadamente, se asemeja más a una serie de televisión por temporadas. De hecho, la inigualable HBO (Los Soprano, A dos metros bajo tierra, Roma,…) ostenta los derechos, y ya tiene guión para el episodio piloto, actualmente están buscando localizaciones, y la BBC acaba de implicarse en el proyecto.
No es de lo mejor de su autor, pero tiene su toque personal, que tanto admiro, y del que otro día escribiré. En el primer capítulo de la saga, Lord Eddard Stark, señor de Invernalia, decapita personalmente a un condenado. Lo hace como muestra de respeto al ejecutado, y porque asume la responsabilidad de llevar a cabo su propio veredicto. No es fácil matar a un hombre, por eso, si el juez tiene que ejecutar la sentencia, tal vez no dicte la capital tan alegremente. Me parece un acto de gran nobleza, no dejar el trabajo sucio para otros.
Por eso, el verdugo (Pepe Isbert) de “El verdugo”, esa joya cinematográfica escrita por el desaparecido Azcona, me resulta tan conmovedora. No hay odio ni desprecio por el reo, no le juzga (eso ya lo hizo otro), y le trata con la mayor dignidad de que es capaz (memorable su loa al garrote vil, frente a la inhumana silla eléctrica) Y a cambio, recibe el desprecio de la sociedad, que hipócritamente se desinhibe de su responsabilidad por permitir la pena de muerte. Al final de este clásico, rodado en Mallorca, aparece, en el patio de la antigua prisión de Palma (edificio histórico que recuperaría su función de convento de monjes), el reo que acude a su destino, con gran serenidad, mientras, metros atrás, el verdugo novel (Nino Manfredi) es arrastrado por la policía, pues no quiere llevar a cabo el trabajo. La escena indica, en cierto modo, que ambos comparten la pena.
La tercera reflexión resulta ridícula, una fruslería comparada con lo expuesto, pero ha sido la que me ha llevado a las anteriores, así de caprichoso es el cerebro a la hora de encadenar pensamientos.
Queríamos un viaje de vacaciones, y la chica de la agencia nos dedicó una hora de su tiempo y esfuerzo para buscar la mejor y más económica combinación acorde con nuestras intenciones. Al darnos un día para meditar la decisión, en frío, y con la almohada, decidimos que no nos lo podíamos permitir. ¿Cómo anular la reserva? ¿Dejar que el plazo se cumpliera? ¿Una impersonal llamada telefónica? ¿Qué haría en este caso Eddard Stark o el Verdugo? Decidí, influenciado por Martin y por Azcona, que debería dar la cara, por incómodo que me resultara. He ido, lo he comunicado, me he mostrado agradecido y la chica de la agencia me ha correspondido con una sonrisa. ¿La verdad? No me he sentido mejor. Pero era lo que se debía hacer. Qué jodidos, Martin y Azcona…


