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martes, 19 de abril de 2011

Hacia la luz, de Care Santos

Se dice del buen cocinar que es una manifestación de amor. No hay pues mayor frustración al comprobar que, por el motivo que sea, hay comida que se ha desaprovechado. Si en el acto de escribir se realiza un proceso similar, que el libro acabe en las mesas de saldos debe ser descorazonador. Pero debe observarse como una nueva oportunidad para capturar a lectores casuales escasos de moneda. Porque, para un escritor, es tan importante que se lea el libro como que se venda.

A Care Santos le gusta escribir libros entretenidos y probar diferentes recetas para la tarta de chocolate. Bajo estas premisas, tarde o temprano tenía que caer en mis manos (me refiero a su literatura), y la oportunidad la encontré con “Hacia la luz”, en las ofertas de Carrefour.

“Hacia la luz” es una novela de género que no se encuadra en ninguno en particular. Combina con gran naturalidad misterio, suspense, terror, romance,… y un tipo de fantasía muy fronteriza, en la cual hay momentos en que no sabemos si nos encontramos más cerca del lado de la realidad o en el de la ficción.

El gran tema que vislumbramos es el de la muerte, y la posibilidad de que exista un tránsito hacia otra vida. Encontramos las famosas escenas con el túnel que conduce hacia una luz, en donde esperan dar bienvenida los seres queridos ya fallecidos, en una experiencia extrasensorial, repleta de paz. Aquí, las principales fuentes de documentación por parte de la autora son los libros de Elizabeth Kübler-Ross y de Raymond Moody. Pero el lector no debe esperar un compendio de conclusiones, sino un elemento inspirador para una trama, algo que ya ha servido a otras obras, de mayor o menor calado, como las películas “Flatliners” (Joel Schumacher), “Ghost” (Jerry Zucker) o la reciente “Más allá de la vida” (Clint Eastwood).

Siendo una de mis filias la construcción cervantina de los personajes, debo destacar la creación del doctor Febles. Me cuesta sobremanera hablar del mismo sin incluir “spoilers”, pues la acción está supeditada a lo que la protagonista va descubriendo sobre él. Uno no puede dejar de envidiar su carisma, su poder de seducción (algunas escenas resultan pequeñas lecciones sobre cómo entender el punto de vista femenino),… y reconocer en él similitudes con uno de los más aterradores protagonistas del infame gran conflicto bélico del siglo pasado.

También podríamos catalogar esta novela como un retrato de nuestro tiempo, con la feliz incorporación de la mujer a los diferentes ámbitos de decisión de nuestra sociedad, en una Barcelona moderna, y de encantadores rincones al alcance de cualquier visitante (que no turista), que además es vanguardista en la defensa del derecho a una muerte digna.

Y otro exquisito aderezo, las citas más fantasmagóricas de Bécquer, Espronceda y Zorrilla.

Riquísimo. Buscaré más escritos de Care.



miércoles, 11 de noviembre de 2009

Cómo ser bueno, en picado


He evitado deliberadamente repetirme con algunos temas o autores, pero es que Nick Hornby es, ahora mismo, una de mis debilidades. Este año he leído, sucesivamente, “Cómo ser bueno” y “En picado”.

¿Por qué me gusta tanto Nick Hornby? Quizá por mi grado de identificación con su voz. A Nick le gusta el rock (aunque él es bastante más pop), el fútbol (aunque él es del Arsenal) y las palabras malsonantes (aunque él las pronuncia en inglés), pero lo que le hace poco usual, es que escribe sobre ello. Sus personajes, por lo general, son vulgares, en el sentido en que, al principio del relato, no te irías jamás de copas con ellos, pero al final, tras acabar compartiendo su suerte, bueno, de acuerdo, unas cervezas sí, pero tampoco quiere decir que vayamos a ser amigos…

Si en “Alta Fidelidad” nos permitíamos observar la “crisis de los 30” con una sonrisa de alivio, gracias a haberla superado, en “Cómo ser buenos” nos saltan todas las alarmas al comprobar que ni él mismo tiene las claves para salir de las demás. Mi escena favorita de esta novela es aquella en la que el marido de la protagonista se descuelga por la ventana de su casa para intentar reparar el atasco del canalón del desagüe, en plena lluvia, sujetándose en el marco podrido, mientras su esposa y su hijo mayor le agarran de los bolsillos traseros de su pantalón, y a su vez, ambos son cogidos por las manos de la hija pequeña. Una metáfora magnífica para describir el precario equilibrio de la familia como institución.

Con “En picado” encontramos que la angustia existencial de los cuatro protagonistas, aspirantes a suicidas, les impele a constituir el más heterogéneo grupo de ayuda. Varios de los lectores conocerán a personas que, con historias personales más duras que la de éstos cuatro, salen adelante. Y también, seguramente, varios de éstos lectores se preguntarán cómo consiguen seguir viviendo, cuando a nosotros, incluyendo a esos cuatro, los pequeños dramas cotidianos nos resultan tan agobiantes.

Es fácil deducir que la principal herramienta de Hornby para hacer funcionar estos engranajes es la de su sentido del humor. No suele abusar del gag, y aunque a veces las escenas parezcan surrealistas, no dejan de resultarnos verosímiles Sus planteamientos bordean la frontera de la crueldad (sin traspasarla) y sus resoluciones son muy poco reconfortantes, a veces incluso cínicas, pero siempre nos da un benevolente respiro. Utiliza el narrador en primera persona, para aproximársenos más todavía, y relatarnos escenas cargadas de debilidad humana, casi patética, pero ante las que no podemos evitar empatizar y, sonreír, por ser la mejor alternativa disponible.

Al concluir la lectura de sus libros, en los mejores momentos pienso “qué jodidos estamos, pero cómo nos reímos”, y en los peores, “cómo nos reímos, para estar tan jodidos…”

jueves, 28 de mayo de 2009

84, Charing Cross Road: un pasado de buenos libros y buena gente.


Para mí, escribir en este blog ha sido un modo de aligerar la correspondencia que suelo mantener con familiares y amistades. De esta forma, he evitado el “copiar y pegar” con el que estaba despersonalizando mis cartas, y puedo concentrarme en temas más particulares.

Escribo cartas desde que era niño, y gracias al e-mail, sigo haciéndolo. Lo poco que pueda saber sobre cómo expresarse por escrito, se lo debo a la enorme práctica proporcionada por mis esfuerzos epistolares.

Escribir una carta es relativamente sencillo, y a poco que uno le ponga ganas y cariño, desde la humildad y la sinceridad, nunca resultará tedioso para el destinatario. Si además ponderamos al alza sueños y sentimiento, bueno, uno hasta ha llegado a enamorarse…

Helene Hanff, residente en Nueva York y de profesión escritora, mantuvo durante veinte años una relación epistolar con Frank Doel, diligente empleado de la londinense Marks and Co., librería especializada en segunda mano. Quién le iba a decir a la buena de Helene que, tras los fallidos intentos como dramaturga, sobreviviría gracias a guiones para televisión, adquiriría cierta estabilidad económica con la publicación de libros infantiles y, finalmente, de forma totalmente inesperada, alcanzaría la celebridad con el libro que recopila la correspondencia antes citada. Libro que incluso sería adaptado al teatro y al cine.

“84 Charing Cross Road” (en referencia a la dirección de la librería) nos transmite la desenfadada personalidad de HH, apasionada por los libros (como diría un asegurador, tanto por su continente como por su contenido), generosa y solidaria con su partenaire inglés (y con los demás empleados de la librería Marks & Co.) en los racionamientos de la postguerra, y un tanto maniática con sus pedidos (por ejemplo, envía los pagos en efectivo, adjuntándolos a la carta, pues confía más en “el correo aéreo de los EE.UU. y en el Servicio Postal de Su Majestad” que en los giros monetarios). En resumen, una romántica. Frank Doel, en cambio, mantendrá la inicial corrección y la mesura en el tratamiento durante años, pero acabará rindiéndose a las divertidas puyas de HH, correspondiéndola con una cálida gratitud, que finalmente derivará en una cordial confianza, extensible por parte de toda su familia. Cabe decir que Helen y Frank no son los únicos personajes que contribuyen de forma epistolar. Hay unos que aparecen y no se vuelve a saber más de ellos, y otros que perdurarán, tal como es la vida.

Son veinte años que se leen en un suspiro y con cierto encogimiento, por ser uno consciente de la vertiginosa rapidez con la que transcurre la vida, y por la melancólica inevitabilidad de algunos destinos.

Para quien sienta empatía por esta entrañable autora, recomiendo un bonito blog que sabe capturar su espíritu y homenajearlo:
http://helenehanff.blogspot.com/
Tampoco puedo dejar de citar un enlace sobre la librería, pues incluye fotografías de Frank Doel:
http://www.84charingcrossroad.co.uk/

martes, 21 de abril de 2009

Groucho Marx, amante sarnoso



Mientras acabo de preparar las nuevas entradas, adjunto una reseña que escribí para el tercer número de la revista electrónica Aleph, una experiencia editorial que compartí con mi buen amigo Dan Piris, y de la que obtuvimos satisfacciones personales en una proporción diametralmente opuesta a su repercusión y los beneficios económicos (aunque, al menos, ¡conseguimos unos cuantos libros gratis!)

Aprovecho para agradecerles las visitas y la paciente espera.


Podría decirse de Julius Henry Marx (1890-1977) que es el típico caso de personalidad fagocitada por el personaje. Él y Groucho, uno de los más populares iconos del siglo XX, son indistinguibles. O así nos lo sugieren los diversos escritos biográficos sobre él y sus célebres hermanos: parece ser que eran tan salvajes fuera como dentro de los escenarios.

Curiosamente, si nos atenemos a “Memorias de un amante sarnoso”, podríamos definir al genial humorista como un autobiógrafo introvertido, refugiado en el gag y en el anecdotario jocoso, inaccesible a sus interioridades. El lector disfruta de las historias y la verborrea de Groucho, pero al final del libro apenas le conocerá más que cuando lo inició. De hecho, dos de las cinco partes en las que se agrupan estas narraciones breves son, mayoritariamente, andanzas protagonizadas por terceros, y otra más es una parodia de ensayo científico sobre una historia del amor y las relaciones sexuales. Sólo en capítulos como el memorable "Sobre el ahorro" ("La palabra ahorro no tiene sentido hoy, salvo para dar nombre a una cadena de supermercados") o "Mutilado del amor" (en donde Groucho Marx critica la falta de coberturas sociales para los profesionales del espectáculo en aquella época) encontramos algunas de sus reflexiones personales. Aunque es en el epílogo donde, entre líneas, y utilizando el narrador en tercera persona para distanciarse, se nos descubre como un anciano nostálgico que revive orgulloso una juventud que le resultó intensa, un amante pesaroso de su decrepitud.

En el trayecto, multitud de perlas del Groucho gorrón ("¡Das una fiesta y no me invitas! Estuve a punto de no venir", "En 1959 asistí a trescientas treinta y seis fiestas, a doce de las cuales había sido invitado"), desvergonzado ("Si mientras trincha el pavo se le cae en el regazo de la viuda que está a su lado, ¿qué hace? Dice: Señora, que conste que no le he dado el pájaro, le agradecería que me lo devolviese inmediatamente"), gruñón y tacaño ("Otro ejemplar que merece atención es el invitado que parece una ardilla... Se entretiene antes de la cena royendo un cuenco entero de cacahuetes... Terminado el postre, se dedica a los pistachos ¡Y qué arte se da en hacerlos desaparecer, a tres dólares el kilo!"), mujeriego ("Cuando digo que sólo una señorita me interesaba no quiere decir que me interesaba para toda la vida")...

“Memorias de un amante sarnoso” es tan recomendable como cualquiera de sus películas.

lunes, 9 de marzo de 2009

Una forma de humor



Esto lo comencé a escribir cuando murió el guionista Rafael Azcona.

Hay una forma de humor terapéutico, que trascienda las situaciones desgraciadas, logrando hacerlas más llevaderas. Es el humor que se da en los velatorios, como si el finado pudiera compartirlo. El denominado “humor negro”, compartido con los compañeros de fatigas. El no poder evitar sonreír ante los sinsabores ajenos por resultarnos familiares, el qué jodidos estamos, pero cómo nos reímos. Es un humor que suele venir acompañado sutilmente de otras emociones, como puedan ser la ternura, la solidaridad o la compasión. Es el humor de Rafael Azcona.

Una anécdota del actor Juan Luis Galiardo: “Me encontraba muy deprimido, no conseguía asimilar la muerte de mi hijo, el trabajo… ¡uf! Se lo conté a Azcona, y me contestó, ¡Vamos, hombre, contigo, Dostoyevski no tendría ni para cuatro páginas! Me ayudó a dejar de compadecerme a mi mismo y a aceptar y vivir la vida como venía…”

Esto me lo contó una amiga medio libanesa, un poco loca, un poco sabia, que hace tiempo que no sé de ella:

Hay una forma de humor que, a la larga, resulta perniciosa para la salud. Es el que rezuma sarcasmo, cinismo. Es fruto del descontento, de la frustración, de la envidia, de la desesperanza. Es cierto que puede provocar carcajadas, pero te va corroyendo por dentro.

Ayer leí que este tipo de humor también puede derivarse de un sentimiento de culpa.

lunes, 8 de diciembre de 2008

Libros para sobrevivir (2): "La música del azar", de Paul Auster



“- …Lo teníamos todo en armonía. Habíamos llegado al punto en que todo se estaba convirtiendo en música para nosotros -…
-… Estás empezando a hablar como Flower, Jack. El tipo gana la lotería y de repente se cree elegido por Dios. Me da igual como se llame, Dios, suerte, armonía, todo viene a ser la misma gilipollez. Es una forma de rehuir los hechos”

Así replicaba el protagonista de esta extraordinaria novela, Nashe, a su amigo Jack Pozzi, el invencible jugador de póquer. Y es que Nashe, nada más iniciar la narración, ya queda perturbado al pensar en que si el orden de la secuencia de los sucesos acontecidos se hubiera alterado, probablemente habría conservado la vida apacible que mantenía.

¿Acaso el azar es sinónimo de caos? Entiendo que no. Frente a una figura determinista que rija el destino, el azar no se alía con lo que no deja de ser un cierto tipo de orden aún en sus características impredecibles. Para los aficionados a la ciencia ficción, la psicohistoria de Asimov nace a partir de la posibilidad de extraer conclusiones globales y a largo plazo sobre un conjunto de fenómenos caóticos, no azarosos.

¿El azar y la suerte son lo mismo? En absoluto, el azar es un juego de probabilidades basadas en fórmulas, igual que el póker. Por eso Pozzi es invencible, porque su talento consiste en aplicarlas constantemente, puede perder una mano, pero no la partida. La suerte no existe.

¿El azar permite el libre albedrío? No necesariamente, uno no es más libre por tomar una decisión aleatoria que por tomar una determinista.

Escogí esta obra de Paul Auster, que ni siquiera había comprado, por azar. Busqué infructuosamente el libro que estaba leyendo, y al no encontrarlo, cogí uno del montón de los que tenía por leer mi esposa.

Quedé hipnotizado por la imagen de Nashe, gastándose la herencia en un coche y en gasolina para recorrer Estados Unidos, horas y más horas de carretera, cada día aumentando el promedio, como única motivación para seguir viviendo en libertad.

Me reí a carcajadas con Jack Pozzi, personaje bravucón y pendenciero, muchísimo más hábil con la palabra que con los puños, seguro de sí mismo ante la partida de póquer de su vida.

Y me conmovió la descomunal tarea de la construcción del muro, con las diez mil piedras traídas desde Europa, procedentes de un castillo desmontado por la excentricidad de dos nuevos ricos, “será un monumento conmemorativo en sí mismo… una sinfonía de piedras resucitadas, que cada día cantará una endecha por el pasado que llevamos en nuestro interior”

Tres historias por el precio de una, cortesía de la generosidad narrativa de un auténtico grande de la literatura, Paul Auster.

jueves, 30 de octubre de 2008

Sobre rusos muy rusos



La prosperidad, en estos últimos siglos, suele venir acompañada de contaminación. En el caso de Enrique López Viejo, su bar de moda se cargó de un ambiente demasiado insustancial para alguien acostumbrado a alternar, en su biblioteca, con los escritos de los más grandes literatos y pensadores rusos. Así que, en una decisión muy rusa, decidió traspasar el negocio y dedicarse a la escritura.

Esta obra versa sobre las apasionantes biografías de Herzen, Bakunin y Kropotkin. Y descubre una cualidad común, que da título al volumen, la de ser un ruso muy ruso.

Ante todo, son tipos muy divertidos. Son exiliados románticos y políticos, complicadísimos en extravagancias vitales, excéntricos en lo moral y lo intelectual. Algunos eslavófilos (irónicos escépticos convencidos en la tristeza de que el retraso social ruso era inherente a su espíritu), otros occidentalistas (el modelo a seguir está en las ideas de la Ilustración) Adoradores del sol, el fuego, la revolución y el vino francés. Aman la literatura y leen a Schopenhauer. Nobles ricos, arruinados o por arruinar, diletantes, bohemios y orgullosos. Arriesgados, vehementes, nihilistas y jugadores. Altruistas con el campesinado, odian lo burgués. En Rusia padecen epilepsia y, en el exilio, la necesidad de cambiar continuamente de residencia. Políglotas con un mundo epistolar intenso, pero algo indolentes. Desconfían de lo judío y lo alemán, pero las zarinas Romanov eran teutonas.

Si bien López Viejo advierte en el prólogo “que en absoluto comparte su ideario filosófico y político”, la obra está impregnada, como también reconoce, de emoción por estos personajes tan fascinantes. Entorno a las, a veces, increíbles historias de estos tres protagonistas, aparecen incontables secundarios de auténtico lujo, que llegan a ejercer de “robadores de escenas”, como Richard Wagner, Fedor Dostoievski, Nicolás I, Iván Turgueniev, James Rothschild, Giuseppe Garibaldi,… Karl Marx se lleva los adjetivos menos cariñosos (“insidioso”, “tedioso escritor”, “capcioso e intrigante”,…), pero el papel de malvado queda reservado al violento Sergei Nechaev.

“Tres rusos muy rusos” es un libro grato, ameno, divertido. Al concluir, uno desea permanecer en el mismo universo, y arrojarse sobre las obras de Dostoievski, Tolstoi, Turgueniev, Pushkin, y tantos otros.

lunes, 11 de agosto de 2008

Eddard Stark, el verdugo de Azcona y la chica de la agencia de viajes


Una de las sagas de mayor éxito dentro del panorama actual del género fantástico es la de George R.R. Martin, “Canción de hielo y fuego”. El hombre se comprometió a escribir siete libros, lleva cuatro y el próximo acumulará no menos de dos años de retraso, para desesperación de sus seguidores, entre los que me cuento.

Vaya por delante que es un auténtico culebrón, pleno de intrigas palaciegas, enredos a desovillar y caldo de especulaciones. La técnica es cercana a la conocida como best-seller, pero como Alex de la Iglesia ha apuntado muy acertadamente, se asemeja más a una serie de televisión por temporadas. De hecho, la inigualable HBO (Los Soprano, A dos metros bajo tierra, Roma,…) ostenta los derechos, y ya tiene guión para el episodio piloto, actualmente están buscando localizaciones, y la BBC acaba de implicarse en el proyecto.

No es de lo mejor de su autor, pero tiene su toque personal, que tanto admiro, y del que otro día escribiré. En el primer capítulo de la saga, Lord Eddard Stark, señor de Invernalia, decapita personalmente a un condenado. Lo hace como muestra de respeto al ejecutado, y porque asume la responsabilidad de llevar a cabo su propio veredicto. No es fácil matar a un hombre, por eso, si el juez tiene que ejecutar la sentencia, tal vez no dicte la capital tan alegremente. Me parece un acto de gran nobleza, no dejar el trabajo sucio para otros.



Por eso, el verdugo (Pepe Isbert) de “El verdugo”, esa joya cinematográfica escrita por el desaparecido Azcona, me resulta tan conmovedora. No hay odio ni desprecio por el reo, no le juzga (eso ya lo hizo otro), y le trata con la mayor dignidad de que es capaz (memorable su loa al garrote vil, frente a la inhumana silla eléctrica) Y a cambio, recibe el desprecio de la sociedad, que hipócritamente se desinhibe de su responsabilidad por permitir la pena de muerte. Al final de este clásico, rodado en Mallorca, aparece, en el patio de la antigua prisión de Palma (edificio histórico que recuperaría su función de convento de monjes), el reo que acude a su destino, con gran serenidad, mientras, metros atrás, el verdugo novel (Nino Manfredi) es arrastrado por la policía, pues no quiere llevar a cabo el trabajo. La escena indica, en cierto modo, que ambos comparten la pena.

La tercera reflexión resulta ridícula, una fruslería comparada con lo expuesto, pero ha sido la que me ha llevado a las anteriores, así de caprichoso es el cerebro a la hora de encadenar pensamientos.

Queríamos un viaje de vacaciones, y la chica de la agencia nos dedicó una hora de su tiempo y esfuerzo para buscar la mejor y más económica combinación acorde con nuestras intenciones. Al darnos un día para meditar la decisión, en frío, y con la almohada, decidimos que no nos lo podíamos permitir. ¿Cómo anular la reserva? ¿Dejar que el plazo se cumpliera? ¿Una impersonal llamada telefónica? ¿Qué haría en este caso Eddard Stark o el Verdugo? Decidí, influenciado por Martin y por Azcona, que debería dar la cara, por incómodo que me resultara. He ido, lo he comunicado, me he mostrado agradecido y la chica de la agencia me ha correspondido con una sonrisa. ¿La verdad? No me he sentido mejor. Pero era lo que se debía hacer. Qué jodidos, Martin y Azcona…

viernes, 27 de junio de 2008

Anecdotario Ramón Chao

Ramón habla y Ramonet sonríe.
Foto de Miquel Massutí, tomada del Diario de Mallorca, edición del 17/04/08
Ramón Chao, periodista, compañero de correrías de Ramonet en Le Monde Diplomatique, ahora es más conocido por ser el padre del músico Manu Chao.

Sobre Rouco Varela y Fraga

Rouco Varela no sólo es mi paisano, fuimos compañeros de clase. Y nadie contaba chistes más verdes que él…

Comencé a tocar el piano a muy temprana edad y Fraga me apadrinó. Me consiguió becas en Madrid y en París (aquí, tras un malentendido, se la quitó a un estudiante para dármela a mí) Gracias a esta relación me libré de afiliarme, no me admitieron en ningún partido, de ningún signo, pues todos sospechaban de que fuera un infiltrado.

Sobre su proyecto relacionado con Borges, pendiente de aprobación de la viuda, María Kodama

Conocer a Borges ha sido una de las mejores experiencias de mi vida.

María Kodama… ¿La conocen? ¿Esto se está grabando? Vaya, bueno, ya que he comenzado, me lanzo… A Borges le alegraban nuestras visitas, en una ocasión, nos confesó sentirse muy, muy sólo, y sufrir por ello.

Cuando le pregunté ¿de dónde salen sus fantasías?, me cogió de la mano y me hizo tocar un bulto que tenía crónico en su cráneo… “Es el Abismo” Dijo que las visiones comenzaron a raíz del golpe contra una ventana que le provocó el chichón.

Sobre la actualidad política

Nombrar a Chacón ministra de Defensa no es progresismo, es normalización.

Creo que Zapatero es sincero en su mensaje progresista, pero debe tomar medidas auténticas a favor de los menos favorecidos.

Sarkozy ha sido elegido por una prensa comprada por los americanos, pero se están arrepintiendo, al comprobar que es un payaso.

miércoles, 19 de marzo de 2008

Recordando a Arthur C. Clarke

En este 18 de marzo de 2008, ha fallecido, a la edad de noventa años, la penúltima leyenda de la ciencia ficción que quedaba viva, el escritor Sir Arthur Charles Clark, en Sri Lanka, su hogar desde hace medio siglo.

Si la génesis de la ciencia ficción puede situarse en 1.926, con la aparición de su primera revista especializada, Amazing Stories, puede fijarse la eclosión del género en poco más de una década después, de la mano del editor John W. Campbell. Preocupado por incorporar una base científica que sustentara la verosimilitud de los relatos, Campbell influyó notablemente sobre una generación de escritores que irían alimentando las páginas de su revista, Astounding, de entre los cuales, los tres más populares acabarían siendo Isaac Asimov, Robert Heinlein y… Arthur C. Clarke.

El principal denominador común que les unía era una robusta formación científica, con una visión optimista de la misma como motor hacia las maravillas del futuro. Clarke tenía amplios conocimientos en matemáticas, física, astronomía y astronáutica, y obtuvo gran prestigio académico al sentar las bases para la órbita geoestacionaria de satélites artificiales (como él mismo bromeaba, el gran error que cometió fue no patentar su tesis)

Si bien escribió notables novelas de carácter utópico (“El fin de la infancia” sería el mayor y más valioso exponente) y ejerció de maestro en relatos cortos (destacaría sus divertidísimos “Cuentos de la Taberna del Ciervo Blanco”), Clarke se distinguía por su sentido de la fascinación ante lo desconocido. Para él, era más interesante encontrar las preguntas. Un enigma bien planteado, sin una solución absoluta, le resultaba de lo más estimulante. Este planteamiento lo encontramos en, para mí, su mejor novela, “Cita con Rama”. En ella, una nave extraterrestre es detectada cruzando el Sistema Solar, y una expedición humana es enviada al abordaje, antes de que el objeto se aleje definitivamente. Volverán del mismo con más interrogantes que cuando partieron.

Quizá resulte frustrante para los lectores no tener las respuestas, pero Clarke entendía muy bien que, si algo abunda, son los desenlaces fáciles y previsibles o incoherentes e insatisfactorios. Con gran inteligencia, y aplicando los mismos límites de nuestro conocimiento, resuelve lo que está al alcance, genera teorías sobre lo que no encaja, y entiende que hay fenómenos ante los cuales sólo cabe maravillarse. Y si algo no escatima, son ideas sobre las que poder especular.

Pero lo que le reportó una popularidad más allá de las fronteras del género, es su participación en “2.001, Una odisea espacial”, la, quizá, más importante película de ciencia ficción de toda la historia. Inspirada en su relato “El centinela” (donde aparece la figura del célebre monolito), Clarke, además, se encargó del guión y, luego, de novelar el mismo. Casi resulta obvio decir que Clarke presentó una versión más concisa, pero no menos humanista, de la genial obra de Kubrick.

Amigo de jugar a las profecías de logros científicos, su mayor lamento ha sido morir sin que se hayan encontrado señales de vida inteligente extraterrestre (a los que tendía a retratar, en sus historias, como paternalistas) Sin embargo, pudo ver, incluso participar en la transmisión, de la llegada del hombre a la Luna, treinta años antes de lo que él había vaticinado.

"... Y era difícil imaginar qué respuesta podría enviar a la Tierra, excepto un ponderado y compadecido “Adiós” (astronauta Bowman, antes de perder todo contacto, tras haber desconectado a HAL, y antes de adentrarse en el monolito, en “2.001, Una odisea espacial”)


viernes, 14 de marzo de 2008

Libros para sobrevivir (1): "Alta fidelidad", de Nick Hornby


Si desea estar al corriente de quiénes son los autores que, aún con mucho por escribir, ya llevan la voz cantante en Europa, no sólo tendría que leer a Baricco, sugiero a Nick Hornby como uno de los imprescindibles.

“Alta fidelidad” se compone, por un lado, de un destacadísimo relato breve, a modo de introducción, que por si mismo tiene la entidad y la vigorosidad suficiente como para haber resultado autónomo y concluyente, y por otro, de la propia novela, que el lector puede abordar con cierto escepticismo tras la exhibición inicial, difícilmente superable.

Lo que en ella encontrará es el profundo retrato de su protagonista y narrador, inmerso en la crisis de los treinta, pero con cierto retraso, pues ya supera ampliamente dicha edad. Es un Peter Pan incapaz de comprometerse pero que atisba que algo no va bien, pues está deseando ser otro tipo de persona muy diferente de la que es. Porque su negocio (una tienda de discos de coleccionista) no es boyante, su vida social se reduce a tomar copas con sus dos empleados, mucho más jóvenes y frikis que él, y a especular sobre quién será su próximo ligue, que, como todos los anteriores, acabará abandonándole y dejándole destrozado. Aunque se entretiene mucho elaborando sugerentes listas, a modo de top´s, sobre cualquier aspecto de la vida (1).

Considero que es una obra idónea para quienes necesitamos recordar por qué hemos escogido la vida adulta que llevamos actualmente. La memoria de Nick Horby nos proporciona momentos tan dolorosos como divertidos, incluso hilarantes. Y como narrador, no resulta nada desdeñable su manejo de los personajes, pues a pesar de utilizar la primera persona, nuestro reconocimiento no queda sesgado, incluso percibimos una insospechada inteligencia superior en alguno de los secundarios, como el personaje de su novia, concretamente.

El poder de los espejos, su incómoda capacidad de mostrarnos un reflejo totalmente desnudo de las consideraciones que nos otorgamos, servirá a nuestro querido Rob como motor para la renovación. Es uno de mis pasajes favoritos, que de forma excepcional, me permito reproducir. Que lo disfruten.

“Así, mientras esperamos (…) vivo una experiencia terrible, demoledora: el individuo más patético del mundo me sonríe de lejos, dándome a entender que me ha reconocido. El individuo más patético del mundo lleva unas inmensas gafas de pasta y encima aparato dental; lleva un sucio anorak pardo y unos pantalones marrones de pana desgastados en las rodillas; también él viene a ver Howard´s End con sus padres, a pesar de que tiene veintimuchos años. Y para colmo, me dedica esa sonrisilla terrible, porque piensa que acaba de descubrir un espíritu gemelo (…) Llegaría al extremo de afirmar que la sonrisa del individuo más patético del mundo se ha convertido en uno de mis cinco momentos más terribles de todos los tiempos, aunque los otros cuatro ahora mismo se me escapan”


(1) Quién tenga curiosidad por cuáles son las listas de Rob Flemming y allegados, queda remitido al siguiente enlace

http://www.microsiervos.com/archivo/libros/alta-fidelidad.html